
Pida un Willys en el Quindío. El willysero le manda su precio y usted escoge con quién sube.

Los viajes no tienen recargo. Ni para usted, ni para el willysero.

El aire entra por los lados todo el camino y huele a tierra mojada.

En la subida el motor baja de marcha y usted lo siente en el asiento.

A lado y lado van los palos de café, tan cerca que se alcanzan con la mano.

A esa finca no sube un carro normal; el Willys llega hasta el patio.
No son carros de colección. Son los que trabajan estas trochas todos los días, con el mismo señor al volante desde hace décadas.







Usted no persigue conductores. Publica el viaje una vez y los willyseros de esa zona le responden.
El sitio, el día, la hora y cuántos suben. Una finca por la vía a Filandia o el portal del Valle de Cocora.
Solo los willyseros de esa zona ven su viaje. Cada uno pone lo que considera justo por esa trocha.
Mire el carro, las plazas y el modelo. Queda con el nombre y el teléfono del conductor.
Sin tarifas escondidas ni cargos que aparecen al final. Esto es todo lo que hay.
Nadie más. Usted lo ve completo antes de escoger, y es el mismo que le entrega el día del viaje.
Al willysero, en la mano, el mismo día que lo recoge. Yipero no toca esa plata.

El precio que ve es el que entrega, y no se le suma nada. Yipero le cobra al willysero $2.000 por cada viaje que se cuadra —el 5 % si la carrera pasa de $150.000—; a usted, nada.
No se le suma nada al final. Lo que el willysero pidió es lo que usted le entrega el día del viaje, y ahí se acaba la cuenta.
Cada zona tiene sus propios conductores y sus propias trochas. Entre a la suya para ver quién sube por allá.